Decidimos acostarnos, sabemos que ello nos llevará a lo otro.Aquí nadie es inocente ya, aquí nadie vino a desojar margaritas o contar cuentos de amor.
Las palabras empiezan a sobran cuándo el reloj avanza sin parar. Son aquellos quinientos dolares por esas 3 horas. Lo único que quiero, es que el tiempo pase.
Una caricia recorre mi espalda, no siento nada. Es así como se pone encima de mí. Lo único que puedo llegar a ver es su saliva dentro su boca. Tenía sed.
Mi cuello esquiva el primer beso, mientras trato de hacerme débil, una fuerte mano cojee mi quijada y la voltea a 90º “¿Qué mierda crees que haces?”, no puedo responder.
Tengo miedo. Me he arrepentido, pero no puedo retroceder.
Mis manos tratan de apaciguar con ternura su suave rostro embravecido, pero no funciona. Es más fuerte que yo. Caigo al suelo con un solo empujón, un fuerte golpe en la cabeza me hace perder la razón por segundos. Mientras trato de pararme, su mamo me vuelve a explicar que podrá más que yo. Otra vez al suelo.
No sé como ocurrió, fue un inmenso dolor el que me hizo entrar en si. Sabía que no podía preguntar que hacía, no podía preguntar porque ya se encontrar encima de mí. No podía preguntar, porque sabía que era.
Un dolor de la propia decepción pudo más que el dolor que sentía en aquel acto.
Cuándo el toro calmó, sólo quise abrazarme y encogerme lo máximo que pudiera. Pensé que todo había terminado.
En su afán de tortura, muestra un reloj, el cuál marcaba sólo 15 minutos más delante de la hora de inicio. Mientras siento que se aleja, me quedo sin lágrimas, sin mente, sin mí. Hasta que un jalón de cabello que hace reaccionar.
Una voz autoritaria me obliga de rodillas a hacer el acto más sucio y cochino. La asfixia, el dolor de cabeza por los fuertes tirones de cabello y nauseas, me estaban matando. Un sabor amargo y salado me está ahogando.
Mis ojos se han empañado, mi cuerpo está sucio, no puedo ver con claridad, siento que estoy por morir, un puñete más me intenta reaccionar.
En el piso ya con ganas de no existir más, me pongo a pensar si 500 dólares valdrán la pena.
No hay tiempo para pensar más. El bravo aún no se calma, aclama que le queda aún más de 2 horas. Intento fingir malestar. Una patada me hace reaccionar.
Hasta ahora, no he dicho palabra alguna. Tengo miedo.
Me pongo a preguntar el motivo por el cuál terminé así. Qué pasó en mí para estar así. Si fue la familia, la sociedad, mi falta de recursos, mi vanidad, el placer. No encontraba respuestas.
El bravo está cansado, dice que necesita descansar unos minutos, necesita unos masajes porque yo le he causado muchos problemas y se siente muerto del cansancio.
Los brazos me están temblando, tengo el pómulo izquierdo algo hinchado, tengo asco.
Empiezo a perder el conocimiento, caigo desde la cama hacia el piso aguantando todo el peso sobre la cabeza.
Ahora sí no reaccionaré. No podía sentir ni escuchar ya más. Me encontraba en otro lado de la vida. Pero sabía que alguien trataba de hacerme reaccionar. Claro, aún no pasaban sus 3 horas.
Al despertar, el bravo estaba durmiendo de un lado de la cama. Yo me encontraba en un rincón al lado de la columna con un polo que al principio fue blanco, pero se encontraba rojo debido al intento de resurrección que el bravo intentó hacer.
No tenía claro si podía escapar, si en verdad el bravo dormía o esperaba un error mío para desfogar su ira. Varios metros nos separaban, sabía que podía ser más rápido que yo, pero tenía que arriesgar. Al fin, en mi cuerpo no había dónde más golpear.
Intento pararme y el sonido de las cadenas despierta al bravucón. Me había encadenado hacia el muro.
Una vez más en sus ganas de apoyar, enseña el reloj, paralizado desde el momento en que caí al piso. Me dice con voz de amabilidad: “¿Los recesos no contarán como hora laboral ya?” sentía que ya nada me podía sorprender, “Procura no dormir mucho, claro, eso siempre y cuándo quieras irte pronto, o no me digas que te encanta pasar la tarde conmigo, No te vayas a enamorar eh”. Sigo sin mencionar palabra.
Mientras intento reaccionar y despertar bien del largo sueño, veo que se aleja hacia la mesa y regresa con jeringas. Empecé a temblar.
“Bueno mi amor, ahora vamos a necesitar un poco más de acción”, aprovecha que tengo los brazos encadenados y su fuerza para introducirme un líquido. Con miedo pregunto: “¿Qué haces? ¿Qué es…?” un puñete en la cara interrumpe mi interrogatorio.
“ ! Carajo!, yo que trato de atenderte lo mejor posible y tú cagándola, deja de preguntar y agradece que te estoy dando toda mi atención”
Esa droga actuó rápidamente en mi cuerpo ya demolido por golpes, convirtiéndome en un plástico caliente.
Recuerdo en mi inconciencia que no sólo el aprovechó los 500 dólares, sus mejores amigas, las botellas de 360ml, lo ayudaban a cubrir al 100% sus fantasías sexuales.
Recordar todo me es difícil, no era conciente de nada, pero tampoco quiero confirmar lo que sé. Que pasó conmigo lo que jamás pasó con nadie.
Al despertar ya, mis ojos lo primero que observan es su cara obsesionada y mi cuerpo siente sus manos acariciar mi espalda, traté de levantarme, me sostuvo, cerré los ojos sabiendo que es lo que pasaría. Una suave caricia en el rostro me pide que no tenga miedo.
Trato de creer, me acuesto, tengo miedo, estoy temblando, sin querer, lágrimas empiezan a caer, y una mirada de terror expresa mi rostro. Quiero llorar y gritar. Me abraza.
Susurra a mi odio pidiendo disculpas por lo que pasó, que no es su intención ser violento, pero que tiene problemas y me pide que lo entienda. Poco a poco me empieza a contar que no es feliz, que nunca nadie lo quiso y no sabe el porqué.
Cada vez trata de trasmitirme más confianza, quiere hacerme sentir bien, pero ya me está ahogando, me está abrazando demasiado fuerte y no sé si quejarme. Aún tengo miedo. No aguanto más y pido que me suelte, lo hace, mi mira a los ojos y yo tengo miedo. Me pide disculpas. Algo estaba pasando.
“Sabes, yo soy una de las personas que odia las injusticias, me gusta que todo sea equitativo y justo, así que mientras dormía, me tomé el trabajo de ayudarte en tu trabajo, y fui calculando segundo por segundo los momentos que hemos hecho el amor, y ¿qué crees?”, no podía responder. “Nos quedan 45 minutos aún”
Sentía que la sangre había subido a la cabeza. Intenté alejarme de la cama, sabiendo que no aguantaría un segundo más. Su rostro cambió, me estiró la mano diciéndome que sería diferente, que sólo ponga de mi parte.
Tenía dos opciones, ceder de buena manera o ceder a golpes. Decido regresar poco a poco dándole la mano. Tengo miedo.
Me cojee entres su brazos, me abraza y me pongo a pesar que si actúo con serenidad, podría soportar 45 minutos y terminar esta pesadilla.
Estoy ahí, entre sus brazos, pienso que todo va a terminar, levanta mi rostro hacia el suyo: “Te voy a prometer algo”, necesitaba responder, aunque sea en tartamudo “¿Qué?”, “No saldrás con vida de aquí”, una inmensa risa llena el dormitorio y un miedo a mí.
La misma historia se vuelve a repetir, pero ahora sin esa anestesia, ya no hay droga que me haga no sentir y olvidar. Me está jalando del cabello llevándome por toda la habitación, los picos de las botellas están ahí esperando ser usadas nuevamente.
Faltaban tan sólo 30 minutos pero sabía que no lo iba a poder soportar, además tenía la promesa que no viviría. Sabía que tenía que luchar, aún sabiendo que perderé.
Los nervios se empezaron a adueñar de mí. Algo pasaría.
Decido atacar por sorpresa sobre su espalda aprovechando que está contando sarcásticamente sus botellas. Me olvidé que era más fuerte.
Mientras trato de hacer cualquier cosa estando encima de él, caigo al piso producto de una botella sobre mi cabeza. No tenía tiempo para perder la razón. Me pongo de pie y ya acá las palabras y los insultos iban a sobran.
Así empezó esa batalla, la guerra en la supervivencia, aunque todo esté en mi contra, si de algo estábamos seguros los dos, era que uno de nosotros, tenía que morir.
Necesitaba tener en mí un arma, así como en las películas, dónde en la agonía el bueno vive y el villano muere a causa de un segundo y gracias al disparo. Esto era la realidad.
Sábia que era hora de terminar, mi mente no podía pensar y no tenía tiempo para un plan. Un acto de desesperación me lleva a morder entre su cuello, un inmenso asco llena mi estomago, al punto de hacerme arrojar.
Pero él estaba ahí, en el piso casi inconciente por aquella mordedura que lo dejó 5 segundos inconciente, me di cuenta qe no fue sólo una simple mordida; en su cuello, una gran parde de piel le faltaba.
Logra ponerce de pie, decidido a matar, tenía yo que hacer algo, y como en aquella película, voy con toda fuerza contra él, caemos al piso, y empiezo a golpear en aquella herida producto de mi hira.
Sentía que estaba ganando y las lágimas empiezan a inundar mis ojos, una adrenalina jamás conocida está en mí y un acto involuntario me lleva a comer.
No podía parar, no quería detenerme, en cuestión de segundo pasaron aquellas 3 horas donde sólo sentí asco de mí, seguía comiendo, mi meta era desaparecer dentro de mí toda evidencia.
No podía controlarme, sólo quería gritar y lavarme la cara con la sangre de quien pudo ser mi asesino. Un inmenso nerviosismo me invadió, no podía contenerme y sólo quiero llorar y gritar mientras lo despedazo.
El asco vuelve a llegar a mí, y es sólo así como llego a parar y detenerme, dandome cuenta por fin de la situación, era el baño de vomito y sangre lo que me hizo detener, era el rostro irreconocible de aquel sujeto que me hizo parar.
Sentí que todo había terminado y no podía recordar nada, creí que alguién vino o que algo pasó. No era yo quien tenía la culpa.
Intenté llevarme fácil las cosas, sin darme cuenta queme costó mucho o me pudo costar más.
Intenté llevarme fácil las cosas, sin darme cuenta queme costó mucho o me pudo costar más.
No tenía tiempo para pensar, a decir verdad, aún no volvía en mí.
Logro pararme, recoger lo que creí que era mío y decidí partir tal y como estaba.
Mientras caminaba por la calle con la mirada del mundo en mí, veo aquelllos billetes sin saber que hacían en mi mano. Había perdido la razón.
Empezé a reír al caminar y pensar. Ante todo esto, no sé qué resultaría más falso, si la vida que intento llevar, si yo, si el mundo, o los billetes con los que me quería pagar.